¿Qué rol juega el derecho internacional de los derechos humanos en la encíclica Magnifica humanitas?

Alberto Coddou
Académico de College UC y Escuela de Gobierno
9 de Junio de 2026
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La encíclica Rerum Novarum, publicada por el Papa León XIII en 1891, denunció los escándalos sociales de la revolución industrial europea. En ese mismo período, Chile atravesaba una guerra civil y un escenario dominado por la industria del salitre, que había convertido rápidamente a miles de peones agrícolas en obreros que lentamente comenzaban a organizarse.
Más allá de estas realidades distintas, la aspiración normativa de León XIII se consolidó como una “doctrina social de la Iglesia” determinante para el desarrollo de la legislación laboral y social del siglo XX a nivel mundial. En Chile, esa influencia fue decisiva para las leyes sociales que enfrentaron la “cuestión social””, para el Código del Trabajo de 1931 y para la incorporación del país al derecho internacional laboral. Conceptos como el de “remuneración justa”, hoy reconocido en la Constitución de varios países, incluyendo el nuestro, son herencia directa de la capacidad del Vaticano de influir en debates regulatorios de alcance global.
La encíclica Magnifica humanitas, publicada por León XIV exactamente 135 años después, es nuevamente una toma de posición de la Iglesia ante un mundo transformado por tecnologías con capacidad de afectar la dignidad de la persona humana en todas sus dimensiones. Al igual que su antecesor, León XIV aspira a influir en un debate que oscila entre una “carrera armamentista” que rechaza cualquier intervención sobre el desarrollo de la IA y los intentos de establecer salvaguardas mínimas frente a riesgos de diverso tipo.
A diferencia de los documentos de las grandes empresas tecnológicas —que utilizan el término “ética” como un modo de esquivar regulaciones vinculantes, vaciándolo de contenido compartido—, la idea de “dignidad”, que aparece más de cien veces en la encíclica, apunta hacia algo distinto: la necesidad de pasar de una ética abstracta a un marco normativo anclado en el respeto y protección de los derechos humanos. León XIV es explícito: “no basta invocar genéricamente la ética, se necesitan marcos jurídicos adecuados, vigilancia independiente, educación de los usuarios, una política que no renuncie a su tarea” (párr. 106). La referencia a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 expresa una opción por abordar el progreso tecnológico desde instituciones que “han fijado un lenguaje común para decir, al menos como ideal compartido, que la dignidad es universal” (párr. 123). Sin ese anclaje, advierte el Papa, la revolución tecnológica terminará siendo “gobernada sólo por lógicas tecnocráticas (…) que imponen reglas dictadas por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo” (párr. 106).
León XIV tiene la ventaja de escribir sobre la base de un derecho internacional de los derechos humanos consolidado: un catálogo que no es meramente declarativo, sino que incluye líneas rojas, obligaciones progresivas, procedimientos regulatorios y mecanismos de reparación que hemos tardado décadas en construir. Frente a quienes reducen el debate a una carrera que hay que ganar, el Papa nombra lo que esa narrativa oculta: que los perdedores parecen estar definidos de antemano por las mismas estructuras de poder que la IA amplifica.
En este contexto, resulta ilustrativa la solicitud del cofundador de Anthropic al presentar la encíclica: dentro de la industria, señaló Christopher Olah, “no siempre somos capaces” de distinguir lo que está bien de lo que está mal, ni siempre estamos motivados por los incentivos correctos. La respuesta del Papa no fue un conjunto de principios éticos nuevos, una lista de recomendaciones voluntarias o un manual de buenas prácticas. Fue, en cambio, señalar lo que ya existe: un catálogo compartido de estándares fundados en la dignidad humana, respaldado por décadas de construcción institucional y dotado de fuerza jurídicamente vinculante. Que la industria más poderosa del mundo pida orientación moral a la Iglesia, y que la Iglesia responda apuntando al derecho internacional de los derechos humanos, dice mucho sobre lo que animó a Robert Prevost a adoptar el nombre de León XIV.