22 de Octubre de 2026
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Mientras las calles de Santiago se encendían en protestas en 2019, Juan Carlos Cancino libraba su propia batalla diaria de lunes a sábado con cemento e hidrolavadora. Esta es la crónica del hombre que borra los muros que rayan los manifestantes de la Universidad Católica.
Por Nicolás Massai D.
Son las 7:30 de la mañana en el frente principal de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica, en plena Alameda santiaguina. Antes de que los primeros estudiantes crucen las puertas del campus, Juan Carlos Cancino y un compañero ya tienen las manos listas para el ritual. Llevan el stock de pintura, la mezcla de cemento y la hidrolavadora cargada con químico antigrafiti. Para Juan Carlos, quien acumula 31 años trabajando en el equipo de mantención de la universidad, la jornada laboral oscila entre mover sillas de las aulas, trasladar escritorios a otros campus y salir a inspeccionar el perímetro exterior para reparar las cicatrices que dejó la calle durante la manifestación. “Según el rayado que esté: si hay mucho, hay que empezar temprano”, explica con el tono sereno de alguien que ha visto pasar décadas de historia social chilena sobre la misma fachada.
Su último gran desafío fue tras la marcha estudiantil del pasado 1 de octubre, cuando debió volver a limpiar los rayados que quedaron en la fachada de Casa Central. No obstante, esta labor se hizo rutinaria e intensa en la primavera de 2019, durante el estallido social en Chile. Mientras el centro de Santiago se convertía en un hervidero de manifestaciones, Juan Carlos tuvo que enfrentar una labor titánica de lunes a sábado, reservando únicamente los domingos para descansar. La Casa Central amanecía cubierta por completo todos los días. Se trataba de un ciclo interminable: limpiaban y pintaban una sección por la mañana, y a las pocas horas volvía a ser cubierta por spray. Durante las jornadas más violentas, los manifestantes llegaron a derribar la cabeza de uno de los monolitos del frontis y golpearon los accesos intentando irrumpir en el recinto sin conseguirlo. Para cubrir la base del edificio y los monolitos aplicaban cemento y pintura densa, mientras que en la parte alta utilizaban la hidrolavadora a presión con químicos especiales. “En el estallido social era de lunes a sábado desmanchar. Desmanchar, pero porque mancharon completamente la universidad”, recuerda sobre aquella época en que la faena abarcaba casi toda la mañana.
“En el estallido social era de lunes a sábado desmanchar. Desmanchar, pero porque mancharon completamente la universidad”
A lo largo de sus más de 12 años abocado a la tarea de desmanchar, Cancino ha sido testigo en primera fila de la protesta social, desde las movilizaciones estudiantiles de 2011 hasta las marchas convocadas por la Confech, la CUT o colectivos feministas. Durante las protestas, relata que él y su compañero deben esperar a que la multitud se retire antes de actuar, ya que los manifestantes suelen increparlos mientras intentan cubrir los muros.
Las paredes han alojado mensajes de protestas contra todo tipo de instituciones y autoridades. Sin embargo, el paso del tiempo le ha infundido una singular anestesia visual: “Ya no miramos lo que dicen; llegamos desmanchamos más”. Aunque nota que bajo la actual administración los rayados han disminuido, sabe que, ante cualquier aviso de marcha en el centro de Santiago, su primer pensamiento es automático: “Hay que desmanchar, pues”.
Para Juan Carlos, el arte del grafiti callejero no encierra un catalizador de cambio político ni un valor estético. Desde su perspectiva pragmática de trabajador con tres décadas en la institución, las marchas son respetables si se realizan de forma tranquila, pero no le encuentra sentido a la destrucción de los muros. “A mí, bueno, si podría ser por algo, pero yo lo encuentro que para qué salen si no al final no van a hacer nada. No hay ningún cambio”. Junto su compañero, forman la dupla invisible encargada de restaurar la imagen del campus antes de que la ciudad despierte por completo. Tras años de lidiar con pintura fresca, desmanche e hidrolavadoras en la principal avenida de la capital, Cancino resume su oficio con una resignación profesional imperturbable: “Bueno, ya estoy acostumbrado. Ya son cuántos años que sé que tengo que llegar a desmanchar con mi compañero”.




