10 de Junio de 2026
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Revisa la transcripción completa del mensaje que entregó el rector de la Universidad Católica al asumir como presidente de la red universitaria, en una solemne ceremonia que se realizó esta jornada en la Casa Central de la UC.
Por Equipo Visión Universitaria
Quisiera comenzar saludando a las autoridades de gobierno que hoy nos acompañan: a la Presidenta del Senado, Sra. Paulina Núñez, a la ministra de Educación, Sra. María Paz Arzola; a la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Sra. Ximena Lincolao; a la subsecretaria de Educación Superior, Sra. Fernanda Valdés.
Del mismo modo, quisiera agradecer la presencia de las rectoras y rectores de las universidades del G9 y del CRUCH, a los directivos, representantes y académicos de nuestras comunidades universitarias, invitados de organismos públicos y privados, y a todos quienes hoy están acá.
Valoro sinceramente su asistencia en esta ceremonia que marca el inicio de un nuevo período de gestión del G9. Como red de universidades, compartimos la convicción de que el desarrollo de la educación superior chilena requiere una mirada amplia, académica y comprometida con el fortalecimiento del sistema en su conjunto.
Quiero partir agradeciendo la labor del rector de la Universidad Técnica Federico Santa María, profesor Juan Yuz, quien presidió esta red durante el ciclo anual, que hoy concluye, con una mirada lúcida, generosa y profundamente comprometida con el sentido colectivo del G9. Él ejerció un liderazgo capaz de construir acuerdos y tender puentes en momentos importantes para la educación superior, siempre pensando en cómo fortalecer la visión desde el CRUCH, resaltando el aporte que la mirada de las universidades del G9 puede ofrecer al país.
Durante su presidencia, se terminó el Plan Estratégico del G9 2025-2030, una hoja de ruta que proyecta el trabajo conjunto de nuestras universidades hacia los próximos años. Impulsó además iniciativas innovadoras, como el encuentro Alumni G9 y la orientación para la inclusión de estudiantes con discapacidad, junto con promover una participación activa y articulada del G9 en debates fundamentales para el futuro de la educación superior. Muchas gracias, rector, por su dedicado trabajo este año.
La semana pasada, en Chicago, cuatro mil oncólogos se pusieron de pie y aplaudieron en medio de una sesión científica. El aplauso no estaba dirigido a una persona, sino a un resultado. El ensayo clínico RASolute 302, presentado en la conferencia ASCO el 31 de mayo y publicado simultáneamente en el New England Journal of Medicine, reveló que un fármaco llamado daraxonrasib casi duplica la sobrevida de pacientes con cáncer pancreático metastásico: de 13,2 meses frente a 6,7 con la quimioterapia estándar, junto con una reducción del 60% en el riesgo de muerte.
El cáncer de páncreas avanza como enfermedad a una velocidad vertiginosa. Se esconde durante meses, a veces años, y suele aparecer cuando ya está demasiado repartido dentro del cuerpo. Durante más de cuatro décadas, laboratorios y equipos de investigadores intentaron desarrollar un fármaco capaz de bloquear una mutación del gen KRAS, presente en más del 90% de los cánceres pancreáticos. La comunidad científica llegó a describirlo como un objetivo prácticamente inalcanzable. Bueno, hasta ahora. La directora médica de ASCO habló de esto como un grand slam. El investigador principal lo definió como un nuevo estándar de cuidado.
Esa misma semana, en otro campo del conocimiento, una inteligencia artificial resolvió un problema matemático que llevaba sesenta años abierto. En 1946, el matemático húngaro Paul Erdős formuló una pregunta aparentemente sencilla: “dado un conjunto de N puntos en un plano, ¿cuántos pares de puntos pueden estar separados exactamente por una unidad de distancia?” Durante décadas, los matemáticos asumieron que la mejor disposición posible de esos puntos correspondía a una variante de una cuadrícula rectangular. La intuición colectiva apuntaba en esa dirección. La respuesta, sin embargo, estaba errada.
Los investigadores descubrieron algo todavía más desconcertante: el modelo utilizado no parecía limitarse a reorganizar técnicas conocidas. Produjo conexiones inéditas entre este problema y otro perteneciente a la geometría combinatorial, relaciones que ningún matemático había advertido antes y que tampoco figuraban en el material con el que la inteligencia artificial había sido entrenada.
Dos noticias ocurridas en la misma semana. Una hablaba sobre la vida y la muerte. La otra, sobre la naturaleza del pensamiento abstracto. Y, sin embargo, ambas nacían del mismo lugar: décadas de investigación básica, sostenida con paciencia por instituciones que apostaron por el conocimiento incluso cuando todavía era imposible saber en qué terminaría convirtiéndose.
Esto es lo que hacemos en las universidades. Formamos personas capaces de pensar, investigar, crear y preguntarse por problemas cuya relevancia muchas veces recién será comprendida años después. Enseñamos aquello que descubrimos y, al mismo tiempo, producimos nuevo conocimiento, nuevas formas de creación y reflexión que aspiran a tener impacto en las personas y en la sociedad. Esto es lo que Chile también necesita más: una capacidad sostenida para generar conocimiento que vaya desde lo más fundamental a lo aplicado, pero conectado con el mundo e idealmente con la realidad.
Por eso quisiera plantear algo que puede sonar extraño en un encuentro universitario como este y en una época donde la conversación pública parece girar obsesivamente en una sola dirección: la inteligencia artificial no es nuestro problema más urgente.
La inteligencia artificial es una tecnología extraordinaria, disruptiva, acelerada y está transformando todo lo que hacemos: cómo enseñamos, cómo evaluamos, cómo investigamos, cómo creamos, cómo traducimos el conocimiento en valor, cómo gestionamos. Pero existe una pregunta todavía más profunda. Porque si la discusión sobre la inteligencia artificial termina ocupando todo el espacio de nuestra atención, corremos el riesgo de perder de vista aquello que verdaderamente determinará el futuro de nuestras sociedades. A mi parecer, la pregunta importante que antecede a la IA es otra: ¿cómo pueden las universidades contribuir hoy al desarrollo de un país que necesita volver a confiar en sus instituciones?
Esa es la pregunta cuya respuesta quisiera ayudar a articular durante esta presidencia.
Porque el G9 representa mucho más que un conjunto de nueve universidades con historia, buenos resultados académicos y acreditaciones de excelencia. El G9 es una fuerza del sistema, una red profundamente conectada con la vida del país. Una red presente en regiones, arraigada en sus territorios, vinculada a sus comunidades y comprometida con la generación de bienes públicos que trascienden cualquier cálculo inmediato.
También es una red que conserva algo especialmente valioso en este tiempo: la capacidad de pensar con independencia. De señalar aquello que la evidencia muestra, incluso cuando resulte incómodo, cualquiera sea el poder que esté en ejercicio.
Durante 2025, colaboramos en el perfeccionamiento de la Ley FES, trabajamos estrechamente junto al Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación en la implementación de los FIU, participamos activamente en el Senado, defendiendo un trato más igualitario en materia de financiamiento, resguardando asignaciones fundamentales para las universidades y subrayando la importancia de construir un sistema robusto de apoyo a la investigación y al desarrollo.
También hicimos visibles situaciones que afectan de manera discriminatoria a nuestras instituciones, como la no exención del IVA en el desarrollo de estudios, en condiciones distintas a las de las universidades estatales.
Todo ese trabajo ha sido necesario y relevante. Pero tenemos la convicción de que el sentido de esta red puede llegar todavía más lejos. Porque Chile hoy nos está pidiendo algo más profundo. Chile nos está pidiendo contribuir a reconstruir confianza.
Es una de las tareas más delicadas de esta época. En distintos países del hemisferio norte, universidades históricas y prestigiosas comenzaron a experimentar un fenómeno inquietante: parte importante de la ciudadanía dejó de percibirlas como instituciones cercanas a sus vidas, a sus preocupaciones y a sus dolores cotidianos.
La crisis de confianza institucional que atraviesa Chile es un fenómeno estructural. Se ha instalado, durante años, hasta transformarse en uno de los rasgos más profundos de nuestra vida pública. Las encuestas muestran un deterioro persistente en la credibilidad de instituciones fundamentales para la convivencia democrática: el Estado, los partidos políticos, el poder judicial, los medios de comunicación y las empresas.
Las universidades, hasta ahora, han logrado conservar niveles importantes de legitimidad social. Esa legitimidad nace de formar generaciones con rigor y sentido público; de mantener presencia e impacto en territorios del país; y de producir conocimiento capaz de dialogar con la sociedad sin que esté subordinado a grupos de interés en particular. Y por eso enfrentan una responsabilidad delicada: ayudar a reconstruir la confianza que otras instituciones han perdido. Todo esto es un activo enorme que debemos potenciar como red.
Quisiera volver, como segunda idea, a la inteligencia artificial, porque creo que también merece una lectura diferente de la que solemos hacer desde las universidades.
Gran parte del debate universitario sobre la IA en relación a lo formativo se ha concentrado en dos preguntas que hoy parecen inevitables: cómo evaluar el desarrollo de capacidades de los estudiantes en un contexto donde estas herramientas ya forman parte de su vida, y cómo incorporarlas a los procesos de enseñanza y aprendizaje para impulsar el desarrollo del pensamiento crítico.
Son preguntas importantes, pero también preguntas que suelen aparecer cuando las instituciones sienten que deben reaccionar frente a una transformación que otros están conduciendo.
¿Por qué, mejor, no nos preguntamos qué tipo de inteligencia artificial necesita Chile y quién tiene la responsabilidad de orientar ese desarrollo?
Mi impresión es que incluso las mejores universidades del mundo observan este fenómeno con desconcierto. La velocidad de la industria tecnológica ha reconfigurado el escenario antes de que muchas instituciones alcanzaran siquiera a comprender plenamente el alcance de lo que estaba ocurriendo. Chile, por cierto, ha dado pasos importantes.
La Política Nacional de Inteligencia Artificial, diversas iniciativas impulsadas desde el Ministerio de Educación y los esfuerzos desarrollados en distintas universidades muestran que existe conciencia sobre la relevancia de este desafío. Pero el país todavía convive con brechas profundas de conectividad, infraestructura y capacidades digitales, especialmente en sectores vulnerables. Junto con ello, persiste una ausencia más silenciosa, pero igualmente decisiva: una visión sistémica capaz de articular estándares compartidos para medir impacto, formar educadores y resguardar datos.
Existe además otro aspecto de la inteligencia artificial que merece mucha más atención de la que habitualmente recibe. Los sistemas que hoy dominan el mercado fueron entrenados principalmente con datos provenientes del norte global, escritos en inglés y construidos sobre realidades que no necesariamente son las nuestras.
Cuando un modelo de lenguaje responde sobre pobreza rural en Chile, sobre la salud mental adolescente en La Araucanía o sobre patrones migratorios en el norte del país, todavía lo hace desde una comprensión parcial y distante de estos contextos. Por eso resulta tan relevante el trabajo que están realizando espacios como el Centro Nacional de Inteligencia Artificial, el CENIA, además de otros localizados en otras universidades, orientados a entrenar estos modelos y capacidades propias. Porque entrenar inteligencia artificial también implica decidir desde qué experiencias sociales se construye el conocimiento que luego circulará masivamente por el mundo.
Junto al CRUCH, las universidades del G9 poseen algo excepcional para asumir esa tarea: capacidad académica, presencia territorial, conocimiento interdisciplinario y la independencia intelectual suficiente para producir conocimiento propio sobre Chile y alimentar con él, sistemas de inteligencia artificial más pertinentes para nuestra realidad. Si no somos capaces de hacerlo nosotros, otros lo harán desde afuera, acudiendo a marcos culturales, prioridades e intereses que no necesariamente representarán con fidelidad la riqueza y complejidad del país que somos. Esta es una responsabilidad que nadie más puede asumir. Y es una oportunidad histórica que no podemos desperdiciar.
Existe, además, un segundo desafío que la inteligencia artificial nos plantea con urgencia: la transformación radical del mundo del trabajo. Lo digo sin eufemismos: ya está destruyendo empleos. Y a otros los ha cambiado dramáticamente. Se observa cómo surgen nuevas tareas, profesiones y capacidades para un mundo laboral cuya forma definitiva apenas comenzamos a imaginar.
Por supuesto, como en toda gran revolución tecnológica, los costos y las oportunidades no se están distribuyendo de manera equitativa.
Chile arrastra hace décadas una deuda histórica con la equidad en la educación. Una deuda que no se salda solo con la gratuidad. También exige construir trayectorias formativas pertinentes, flexibles y de calidad, capaces de preparar a las personas para un mundo que cambia más rápido que cualquier currículo.
Quisiera destacar también una tensión que reaparece una y otra vez en tiempos de estrechez económica: la tendencia a reducir aquello cuyos resultados parecen más difíciles de medir en el corto plazo. Son pocas las áreas que quedan tan expuestas como la investigación y la innovación, especialmente aquella investigación básica o fundamental. Tal vez porque resulta difícil traducir el valor de una idea científica en una cifra inmediata. O porque en un mundo globalizado suele instalarse la sensación de que el conocimiento y las tecnologías siempre estarán disponibles y serán de acceso libre.
Esto no es así.
Hoy un grupo extremadamente reducido de empresas concentra una capacidad inédita de moldear tecnologías que influirán directamente sobre el futuro de la humanidad. Y en ese escenario, los países que desean participar con autonomía y relevancia necesitan desarrollar capacidades propias de investigación, creación e innovación.
La única manera de formar parte de esta transformación consiste en involucrarse activamente en ella.
En 1945, el ingeniero norteamericano Vannevar Bush le presentó al presidente Harry Truman el informe Science, the Endless Frontier. En él argumentó que la investigación científica no era un gasto del Estado sino su mejor inversión de largo plazo. ¡Qué visión! Lo que siguió fue la construcción del sistema universitario de investigación más productivo del siglo XX. De ese ecosistema emergieron desarrollos que transformaron el mundo: el Internet, los GPS, las vacunas de ARN mensajero que usamos durante la pandemia y buena parte de la revolución vinculada a la inteligencia artificial. Ninguno de esos desarrollos fue planificado desde el inicio para producir exactamente esos resultados. Todos emergieron de investigación básica financiada en momentos en que todavía era imposible anticipar plenamente su impacto.
Chile, por supuesto, no es Estados Unidos. Pero la lógica detrás de esa experiencia sigue siendo universalmente válida.
Los países que sostienen su capacidad científica incluso en tiempos difíciles son aquellos que logran construir mayor resiliencia, autonomía y posibilidades de desarrollo hacia el futuro.
Miremos también nuestra propia historia. Durante décadas, el cobre sostuvo buena parte del desarrollo del Estado y permitió financiar transformaciones fundamentales para el país. Chile continúa exportando, en gran medida, materias primas. Sin embargo, todavía convivimos con una pregunta incómoda: ¿por qué una nación con semejante riqueza mineral no ha sido capaz de aprovechar ese tremendo endowment para complejizar su economía?
La buena noticia es que prácticamente todas las industrias del mundo están siendo remecidas por la inteligencia artificial y esto vuelve a abrir una ventana histórica de oportunidad. Si ordenáramos las 10 empresas de mayor valor bursátil en el mundo y comparáramos una fotografía entre 2005 y 2025, descubriríamos que 9 de esas 10 compañías son digitales y solo una de ellas, Microsoft, ya formaba parte de esa lista hace veinte años.
Lo que quiero decir es que la economía mundial se está reorganizando a una velocidad inédita.
Mientras eso ocurre, Chile todavía vive las consecuencias acumuladas de décadas de subinversión en investigación aplicada, innovación y articulación entre la universidad y la industria. El estancamiento que hoy lamentamos como país tiene diversas causas, pero una de ellas, sin duda, es haber tratado al conocimiento como un adorno y no como una “infraestructura” crítica.
Todos sabemos también que los países compiten entre ellos por ventajas innovadoras que sean sostenibles. Los países que lograron transformaciones económicas profundas durante las últimas décadas comprendieron esto con claridad. Corea del Sur, Finlandia e Israel suelen aparecer como ejemplos de desarrollo, pero existe un elemento común que a veces pasa desapercibido: todos construyeron sistemas universitarios de investigación robustos antes de que su economía despegara, no después. La investigación no fue consecuencia del desarrollo. Fue una de sus condiciones.
Chile hoy necesita con urgencia nuevas fuentes de crecimiento. El litio puede abrir una oportunidad, pero únicamente si somos capaces de investigarlo, procesarlo y generar valor agregado localmente. La transición energética puede transformar nuestra posición en el mundo, pero solo si contamos con las capacidades científicas y tecnológicas necesarias para participar de ella mucho más allá de la exportación de recursos naturales.
Lo mismo ocurre con el envejecimiento de la población. Allí existe un enorme desafío, pero al mismo tiempo una oportunidad para impulsar investigación biomédica, innovación y nuevas respuestas desde las ciencias sociales para comprender cómo cambiarán nuestras sociedades en las próximas décadas.
En todas estas conversaciones, las universidades de Chile, y en particular las del G9, tenemos algo que decir. Hay un rasgo que distingue nuestra misión: nuestra tarea consiste en producir conocimiento incluso cuando sus resultados no prometen rentabilidad en el corto plazo. Esa independencia constituye una función social indispensable. Cualquier ministro de Hacienda sabe que un país termina pagando mucho más caro cuando deja de invertir en conocimiento. Ese costo se refleja en décadas de crecimiento perdido, en talento que migra hacia otros países, industrias que no logran sofisticarse o en problemas sociales que se agravan porque nadie tuvo las herramientas para estudiarlos y comprenderlos a tiempo.
La relación entre las universidades y el Estado chileno ha estado marcada durante décadas por tensiones que el país todavía busca resolver plenamente. El financiamiento público existe, aunque distribuido de manera desigual y muchas veces bajo criterios que no siempre logran asegurar la excelencia. Las universidades, por su parte, dependen en distinta medida de esos recursos, mientras persiste una sensación compartida de insuficiencia.
Lo que quisiera proponer es una relación distinta entre las universidades y el país.
Una relación donde las universidades no se acerquen al Estado solo a pedir recursos, sino también a ofrecer capacidades y decir: “aquí está lo que sabemos hacer, aquí están los territorios donde tenemos presencia, aquí están los equipos académicos que pueden ayudar a tomar mejores decisiones en salud, en energía, en educación, en seguridad pública, en planificación territorial”.
Todo esto exige una transformación de nuestra parte. Exige universidades capaces de escuchar con mayor atención, de actuar con más agilidad y de relacionarse con la sociedad desde una mayor apertura hacia las preguntas y desafíos que emergen desde la sociedad.
También exige desarrollar una comprensión más amplia de lo que entendemos por impacto. Porque las publicaciones indexadas seguirán siendo fundamentales, pero junto a ellas, necesitamos fortalecer nuestra capacidad de reconocer cómo el conocimiento transforma concretamente la vida de las personas.
El filósofo Paul Ricoeur decía que las instituciones existen para garantizar que las relaciones humanas no dependan solo de la buena voluntad de los individuos. Una buena institución es aquella que hace posible la cooperación incluso entre personas distintas, con trayectorias, visiones e intereses diversos. Eso es lo que Chile necesita de sus universidades: además de excelencia académica, una institucionalidad que siga creciendo en confianza.
Quiero terminar compartiendo lo que significa para mí presidir esta red desde la responsabilidad de ser rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
La UC tiene una identidad propia, una tradición intelectual y una misión arraigada en la convicción de que la fe y la razón son las columnas maestras del conocimiento humano, y que la excelencia académica, la responsabilidad social y la búsqueda de trascendencia pueden dialogar y enriquecerse mutuamente. Es una identidad de la que me siento muy orgulloso.
Pero presidir el G9 implica algo distinto y, al mismo tiempo, enormemente valioso. Significa representar una red compuesta por nueve universidades, con historias muy distintas, con culturas institucionales muy variadas. Por eso llego a esta presidencia a aprender de mis colegas rectoras y rectores, a escuchar otras miradas y a fortalecer un proyecto colectivo, que no tiene razón de ser si no lo une un propósito compartido.
Quisiera que, durante este período, avanzáramos hacia algo que ninguna de nuestras universidades pudiera alcanzar por separado. Ojalá este esfuerzo también contribuya, más adelante, a fortalecer una mirada compartida dentro del propio CRUCH.
El país nos necesita.
Las universidades representan la idea de que pensar con profundidad amplía la capacidad de actuar con responsabilidad. Que el conocimiento constituye una condición esencial para el buen gobierno, la democracia, el desarrollo y una vida digna. Que formar a una persona significa abrirle herramientas para comprender el mundo que habita y asumir un papel consciente dentro de él. En un país que busca fortalecer la confianza en sus instituciones, esa apuesta es más urgente que nunca. Y las universidades tenemos los medios, la historia y la legitimidad para sostenerla.
Asumir la presidencia de la Red G9 es para mí un honor y también una gran responsabilidad como representante de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Lo hago con mucha humildad y con plena conciencia de que esta red se ha constituido tras mucho esfuerzo y trabajo, una colaboración fraterna entre instituciones y una vocación profunda de servicio a la sociedad.
Eso es lo que me gustaría impulsar durante este período. Y quisiera invitarlos a construirlo entre todos.
Muchas gracias.



