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¿Debe el Papa intervenir en política internacional?

por Miguel González Vallejos

Académico Facultad de Filosofía

11 de Mayo de 2026

3 MINUTOS DE LECTURA

En los últimos meses, hemos presenciado una inédita polémica entre el presidente norteamericano Donald Trump y el Papa León XIV. Todo comenzó el 7 de abril, día en que el Papa criticó la amenaza contra Irán proferida por Trump de terminar “con toda una civilización”, diciendo que había un asunto moral de por medio y llamando a los legisladores norteamericanos a promover la paz y evitar la guerra. Ante esto, el presidente estadounidense dijo: “no soy un gran seguidor del papa León. Él es una persona muy liberal, y es un hombre que no cree en detener el crimen” (Emol, 13 de abril). León XIV, a su vez, replicó diciendo: “No, no le tengo miedo a la administración Trump, ni a proclamar el mensaje del Evangelio en voz alta, que es para lo que creo que debo estar aquí, y por eso está aquí la Iglesia. No somos políticos, no vemos la política exterior desde la misma perspectiva” (Emol,13 de abril). Al día siguiente, el Papa agregó: “Dios no está con los prepotentes y los soberbios” (Emol, 14 de abril).

La polémica continúa hasta hoy en términos similares. Por una parte, Trump descalifica al Papa acusándolo de ignorante en materias internacionales y de cómplice de los abusos del régimen iraní; León XIV, por su parte, critica el espíritu belicista del presidente norteamericano, reivindica el sufrimiento de las víctimas inocentes de la guerra y señala que en el caso del conflicto con Irán no se han respetado los principios de la guerra justa, ya que no se trata de una guerra defensiva.

La pregunta que quisiera abordar, sin embargo, tiene que ver con un problema más general: ¿es legítimo que el Papa intervenga en este tipo de asuntos? ¿No debería, más bien, guardar silencio, rezar y administrar su Iglesia y dejar la política internacional en manos de la Realpolitik (política realista), propia de las potencias mundiales? El problema tiene más profundidad de la que aparece a primera vista, ya que atañe en general al rol de las religiones en la esfera pública.

Si aceptamos los principios básicos de la democracia occidental, es evidente que debemos rechazar cualquier intento de constituir un régimen totalitario, sea o no teocrático, y que nuestras argumentaciones relativas a lo público deben apelar a lo que tenemos en común, es decir, a la razón, y no al fundamentalismo religioso. En plena concordancia con estos principios, el Papa interviene en esta clase de asuntos como una autoridad moral, utilizando razones que pueden ser comprendidas por creyentes y no creyentes: la justificación rigurosa de toda intervención bélica, la protección de los civiles inocentes, la búsqueda de la paz. Esta es precisamente la misión de los líderes religiosos del mundo: hablar en nombre de principios de sabiduría que interpelen a toda la humanidad a elevar sus estándares morales y a pensar en los demás a la hora de tomar decisiones.

En un escenario internacional en que la dignidad humana es vulnerada a cada momento y en el que la defensa de los propios intereses frecuentemente predomina sobre la búsqueda del bien común, la palabra del Papa no solo es legítima, sino cada vez más necesaria. Esperamos que sea escuchada.

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