19 de Agosto de 2026
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La investigación muestra cómo la falta de tiempo y recursos deja a muchas madres enfrentando el periodo que rodea al nacimiento en condiciones de soledad. Se trata de un vacío que incide directamente en el bienestar de madres y recién nacidos y que no ha sido reconocida ni abordada por las políticas públicas, quedando relegada a un punto ciego del sistema de salud.
Por Josefina Hirane
La pantalla del teléfono marca las 3 de la madrugada. Un llanto irrumpe desde el fondo; otro le responde. Se mezclan con pasos apurados, ruedas de carros, voces que se cruzan y gritos de dolor. En una maternidad pública, una TENS se detiene apenas un segundo contra la pared: lleva horas sin sentarse, sin comer, encadenando indicaciones, pacientes e imprevistos. Alguien le pide que vaya a otra sala; asiente antes de que terminen de hablarle.
Adentro, una mujer que acaba de convertirse en madre llora en silencio, intentando contener emociones que nadie ha tenido tiempo de acoger. La TENS se acerca, la calma como puede y le dedica unas palabras antes de volver a salir por una nueva urgencia. La paciente sigue con miedo y preguntas que aún no encuentran respuesta; la funcionaria continúa intentando ofrecer el mejor cuidado posible en un sistema que la obliga a multiplicarse. Mientras una enfrenta la incertidumbre de la maternidad y la otra la presión de responder a las expectativas y estándares de atención con recursos limitados, el cuidado —tanto de las pacientes como de quienes las atienden— corre el riesgo de quedar fuera de escena.
Lo que ocurre en esa sala no es una excepción. La soledad durante el período perinatal —tanto en la experiencia de las madres como en la de los equipos de salud— ha comenzado a ser observada con mayor atención desde la academia.
“La soledad perinatal no es solo ausencia de compañía: es la marca de un sistema de salud que exige cuidar sin crear las condiciones institucionales para que el cuidado de calidad sea posible. Y entonces madres y equipos terminan, ambos, atravesando el nacimiento solos”, dice Thana de Campos, académica de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica.
Junto a un equipo interdisciplinario, desarrolló el artículo Soledad perinatal y ética del amor: una propuesta relacional e institucional para el sistema de salud. Con el apoyo del Centro de Políticas Públicas UC, el grupo elaboró además un índice que busca evidenciar en qué medida los servicios de salud promueven una cultura de encuentro y cuidado, y entregar herramientas concretas a los equipos clínicos para enfrentar este fenómeno.
Parte del problema, explican los investigadores, es que esta dimensión del cuidado simplemente no está siendo observada. “Hoy se mide la depresión posparto, la ansiedad materna y el burnout en los equipos, pero no existe una herramienta que mida lo que ocurre en la dimensión relacional entre las personas que sostienen el cuidado perinatal”, señala Claudio Vera, académico de la Facultad de Medicina UC y coautor del estudio. “Tampoco hay instrumentos que observen las múltiples interacciones entre la madre, el equipo y la institución, ni cómo esas conexiones, o desconexiones, inciden en la experiencia de soledad durante este período”.
A esta falta de medición se suma una tensión persistente: la distancia entre el tipo de cuidado que los equipos quisieran brindar y lo que realmente pueden hacer en la práctica. Desde la perspectiva de matronas y TENS, existe una intención explícita de acompañar a las pacientes mediante una presencia cercana y comprometida. Sin embargo, las condiciones laborales —marcadas por la sobrecarga, la falta de tiempo y recursos limitados— dificultan ese ideal, generando una sensación recurrente de frustración.
La ética del amor
Para interpretar estas tensiones, el estudio recurre al marco de la Ética del Amor para Instituciones, desarrollado por De Campos en su libro The Rule of Love (Oxford University Press, 2026). El marco propone que el cuidado, para ser efectivo, no puede entenderse solamente como una virtud individual de quienes atienden, sino como una propiedad de las instituciones que organizan la atención.
Se evalúa institucionalmente a través de tres criterios: una presencia comprometida y no paternalista; un cuidado a la vez universal y personal; y una responsabilidad compartida y diferenciada entre todos los actores que sostienen el sistema. “Este marco exige que dejemos de pensar el cuidado como una virtud personal de quienes atienden, y empecemos a pensarlo como una responsabilidad institucional. La pregunta no es si las matronas o las TENS son cariñosas, sino si las instituciones están creando las condiciones para que el cuidado mutuo de cualidad sea posible”, plantea De Campos.
En la práctica, esa falta de condiciones impacta directamente en quienes sostienen el sistema. Los profesionales de salud transitan entre el agotamiento, la sobrecarga emocional y la necesidad de generar, por cuenta propia, espacios de contención. Sin embargo, estas estrategias suelen ser individuales y no cuentan con un respaldo institucional claro. La consecuencia es una tensión constante: un sistema que exige cuidar, pero que ofrece escaso cuidado a quienes lo hacen posible.
El punto ciego
Estas problemáticas no son nuevas. Ya en 2008, el Ministerio de Salud elaboró el Manual de Atención Personalizada en el Proceso Reproductivo, con el objetivo de humanizar la atención del embarazo, parto y nacimiento, disminuir la sobremedicalización y mejorar la experiencia de las mujeres y sus familias. El documento promovía una atención integral, respetuosa de la dignidad y las decisiones de las mujeres, y destacaba la importancia del acompañamiento. Sin embargo, su implementación fue limitada, en parte por la ausencia de una norma técnica obligatoria y de recursos presupuestarios asociados.
Más recientemente, en 2024, se creó la Comisión Asesora en Humanización del Ministerio de Salud y se impulsó el Plan Nacional de Humanización en Salud. Estas iniciativas reconocen que los desafíos del sistema no son solo técnicos o clínicos, sino también relacionales y éticos. Sin embargo, aunque existen diversas iniciativas orientadas a la salud reproductiva y al bienestar de las mujeres, persiste la ausencia de un enfoque verdaderamente integrado que articule las dimensiones física, mental, emocional, social y relacional de la maternidad, con instrumentos que aseguren una implementación efectiva.
En particular, la soledad que enfrentan muchas madres durante el período perinatal no ha sido reconocida ni abordada de forma explícita por las políticas públicas, quedando relegada a un punto ciego del sistema de salud. Se trata de un vacío que incide directamente en el bienestar de madres, recién nacidos y equipos de salud, pero también en la experiencia de la maternidad en su conjunto. En un contexto de sostenida baja en la natalidad en Chile, esta falta de apoyo y contención no solo impacta a nivel individual, sino que comienza a configurar un problema de alcance social.
Hacia un cambio de enfoque
Frente a este escenario, el estudio propone avanzar hacia una comprensión más amplia del cuidado, incorporando su dimensión relacional como un eje central, pero también traducir ese enfoque en cambios concretos dentro del sistema de salud.
En esa línea, el equipo de investigación desarrolló un índice que permite evaluar las condiciones institucionales que hacen posible el cuidado mutuo o, por el contrario, lo bloquean. El Índice de Cuidado Mutuo mide tres dimensiones: si la institución crea las condiciones para una presencia comprometida y no paternalista, si organiza un cuidado a la vez universal y personal, y si sostiene una distribución compartida y diferenciada de las responsabilidades por el cuidado.
Se trata de una herramienta que ya ha sido presentada al Ministerio de Salud y a la Superintendencia de Salud, donde ha tenido buena recepción por abordar un problema que distintos actores del sector reconocen en la práctica, pero que aún no cuenta con un reconocimiento institucional explícito. Su objetivo es no solo diagnosticar, sino también orientar mejoras en la organización del trabajo, los tiempos de atención y las dinámicas de acompañamiento.
Junto con ello, el estudio plantea la necesidad de fortalecer condiciones estructurales básicas —como dotación suficiente, tiempos protegidos y espacios de apoyo para los equipos— que permitan sostener un cuidado que no sea únicamente técnico, sino también humano. Porque, advierten, no basta con promover el acompañamiento si no existen las condiciones para hacerlo posible.
Así, más que incorporar una nueva dimensión, la propuesta apunta a reordenar las prioridades del sistema: reconocer que la calidad del cuidado no depende solo de protocolos o indicadores clínicos, sino también de las condiciones institucionales que hacen posible un cuidado mutuo y multidireccional. Y que crear esas condiciones —dotación, tiempos, espacios, sistemas de reconocimiento— no es un complemento, sino el núcleo mismo de la responsabilidad institucional por el cuidado.



