14 de Agosto de 2025
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Agotamiento extremo, culpa constante y problemas físicos anticipados, son algunos de los padecimientos más comunes que enfrentan las mujeres que cuidan a una persona mayor y, a la vez, deben cumplir con obligaciones laborales. Un estudio de investigadores UC indagó en esta difícil realidad, que cada vez será más frecuente dado el actual escenario demográfico.
Por Natacha Ramírez
Si bien el rol de cuidadora se suele asociar a mujeres que permanecen todo el tiempo en sus casas con dedicación casi exclusiva a una persona en situación de dependencia; también hay otro grupo importante, quizás menos visibilizado, que son aquellas que, además de cuidar, deben trabajar.
Se estima que, de los cerca de 400 mil adultos mayores en situación de dependencia que hay en el país, en la mitad de los casos quien los cuida es una mujer que, junto con hacerse cargo de esa labor, debe cumplir con las obligaciones y exigencia de tener un trabajo remunerado.
Y esta figura podría seguir creciendo, dado la baja natalidad y la tendencia al envejecimiento de la población. “Como se ve la situación demográfica, esta realidad va a ser cada vez mayor, porque cada vez hay más personas necesitando cuidado y menos oferta de personas que cuidan”, comenta Solange Campos, subdirectora de Investigación de la Escuela de Enfermería UC, quien lideró un estudio interdisciplinario para caracterizar a este grupo.
La investigación –titulada “El doble turno: la experiencia de trabajar remuneradamente y cuidar a una persona mayor dependiente”– fue de carácter cualitativo, por lo cual se entrevistó a una veintena de mujeres de entre 20 y 68 años, de distintos niveles socioeconómicos y educacionales, la mayoría cuidadoras de sus padres y algunas de sus suegros.
Ansiedad, culpa y problemas físicos
El estudio evidencia la gran afectación emocional y física que padecen las mujeres que están en esta situación.
En el plano de la salud mental, se estableció cómo distribuyen las horas del día, entre el trabajo remunerado, doméstico y el cuidado. “Y es tremendo ver cómo, prácticamente, no hay ni un tiempo para ellas. Excepto las horas del sueño, que también son bastante menores. Entonces, uno se da cuenta que son mujeres muy sobrecargadas, que están en un sistema que no les permite ir más allá de lo que es estrictamente necesario; y que en realidad hay una triple carga: cuidar, trabajar y hacerse cargo de todo lo doméstico”, comenta la investigadora.
También sufren tensión por lo que se conoce como “presencia ausencia”, ya que “cuando están en la casa, están pensando que hay cosas en el trabajo que no alcanzaron a hacer y, a la vez, cuando están en el trabajo, están pensando qué estará pasando en la casa; es decir, ‘estoy, pero en realidad no estoy’”.
Todo esto redunda en “ansiedad, síntomas depresivos y depresión”. A lo que se suman complicaciones físicas: “Son muy frecuentes los problemas músculo-esqueléticos, lumbago, dolores de hombro, porque si una persona está postrada, se requiere hacer un montón de movimientos para moverla o transportarla, y si no sabe hacerlo, van a aparecer lesiones, independiente de la edad del cuidador”.
El trabajo como “factor protector”
En este contexto, y pese a la carga adicional que significa, llama la atención que el hecho de trabajar aparece como un “factor protector” de estas mujeres, ya que les permite sociabilizar. “Uno puede pensar que es horrible que tengan que hacer las dos cosas, pero muchas nos dicen ‘yo voy feliz a trabajar, porque es el único momento en que siento que puedo realizarme’, o ‘me permite ver a otras personas, conversar de otras cosas. Es un espacio donde vuelvo a ser yo’”.
Esto a diferencia de las cuidadoras que no trabajan, que “generalmente viven en un encierro, solo dedicadas a cuidar y quedan encapsuladas de la sociedad, de sus vecindarios, incluso de la propia familia, que deja de ir a verlas”. Mientras que “el trabajo es una ventana que permite conectarse con otras personas, y uno puede ver que las mujeres tienen otra disposición cuando tienen esa posibilidad”.
En ese sentido, subraya que “es muy necesario que se comprenda que, para las mujeres, trabajar no solo tiene que ver con un tema de generar recursos, sino también con tener un espacio de ellas, que les permite desarrollar otros ámbitos de su vida, más allá de ser cuidadora, de ser la hija o la nuera de quien cuida”.

Más flexibilidad para cuidar sin culpa
Este diagnóstico resulta clave a la hora de abordar medidas en apoyo de este grupo. Según la autora del estudio, en el caso de las mujeres que trabajan formalmente, lo que más valoran es que esta ocupación sea más flexible –tanto en horario como modalidad, remota o híbrida–, de modo que les permita distribuir su tiempo y poder compatibilizar trabajo y cuidado.
Menciona que hay países que han diseñado beneficios adicionales, como que puedan optar a una licencia cuando la persona mayor que cuidan se enferma o descompensa –similar al hijo menor de un año-. “Ya se han ido probando otras formas de apoyar, para que puedan ejercer el cuidado responsablemente, pero también sin sentirse culpables… porque hay gente que no quiere que en su trabajo sepan que están cuidando, porque sienten temor. Como sociedad, tenemos que facilitar que estas mujeres puedan mantener el trabajo”, afirma.
Otro aspecto relevante es que trabajar no implique que las ciudadoras pierdan beneficios sociales, lo que las empuja a hacerlo de manera informal. “Ahí hay un vacío en la política pública que hay que revisar, que está precarizando más a las mujeres, al coartarles tener un trabajo formal porque pueden perder beneficios. Hay que apoyar que puedan hacer las dos cosas, cuidar y trabajar, pero de manera formal, y que no se sientan castigadas“, indica.
“Como la proyección es a estar más envejecidos aún, y si le sumas que no hay recambio poblacional, la tendencia es que va a haber menos personas para ofrecer cuidados; eso hace necesario generar políticas que permitan que los que están trabajando puedan cuidar”, complementa la académica.
Como medidas adicionales, plantea que todo cuidador debiera recibir apoyo psicológico preventivo, antes de que aparezca algún síntoma; y acceder a algún curso para aprender a cuidarse a sí mismo. “Por ejemplo, enseñarles cómo se prioriza el tiempo, cómo se toman decisiones, cómo levantar su red de apoyo, o qué tipo de ejercicio hacer después de mudar a una persona mayor, que es una de las tareas que genera más desgaste físico y emocional”, señala.
Y, desde luego, la corresponsabilidad, “donde no solo las mujeres entreguemos nuestro tiempo para cuidar, sino que todos, los hombres, los jóvenes… esta mirada de que siempre son las mujeres las que cuidan ya no es sostenible”.




