1 de Septiembre de 2026
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Niños, niñas y adolescentes pasan cada vez más tiempo en entornos digitales, pero la evidencia sobre sus efectos sigue siendo fragmentaria. Frente a esto, investigadores de cuatro universidades chilenas crearon un centro para estudiar y orientar a familias, escuelas y políticas públicas.
Por Rodolfo Westhoff
En apenas una generación, buena parte de la vida de niños, niñas y adolescentes se trasladó a los entornos digitales. Aprenden, juegan, se informan y construyen relaciones en espacios donde lo presencial y lo virtual conviven permanentemente. Sin embargo, aún hay incertidumbre sobre cómo esas experiencias y mayor tiempo en pantalla afectan su desarrollo y bienestar.
La necesidad de responder esas preguntas se ha vuelto especialmente urgente. En Chile, durante los primeros meses de 2026 comenzó a aplicarse la Ley 21.801, que restringe el uso de teléfonos celulares en establecimientos educacionales.
El debate, sin embargo, es global. Francia aprobó recientemente una ley que prohibirá el acceso a redes sociales a menores de 15 años desde septiembre, en un contexto en que cada vez más países analizan o implementan medidas para limitar el uso de plataformas digitales entre niños y adolescentes
Con ese escenario como punto de partida nació el Centro para el Bienestar y Desarrollo de la Adolescencia y Niñez en la Era Digital (BAND), financiado por ANID y desarrollado por la Universidad de La Frontera, la Universidad Andrés Bello, la Universidad del Desarrollo y la Universidad Católica. Su objetivo es generar evidencia que permita comprender cómo las experiencias digitales influyen en niños, niñas y adolescentes.
“El uso de pantallas es diverso, tanto en sus contenidos como en su contexto, y por eso sus consecuencias pueden ser radicalmente distintas”, dice Juan Enrique Hinostroza, de la UFRO.
En la primera infancia, precisamente, el rol de madres, padres y cuidadores resulta determinante. Susana Mendive, investigadora de la UC, recuerda que organismos internacionales recomiendan evitar el uso de pantallas antes de los dos años y limitarlo durante la etapa preescolar, aunque los datos muestran que esas recomendaciones rara vez se cumplen.
Otro desafío es comprender por qué algunos adolescentes parecen verse más afectados que otros por las experiencias digitales. Según Miguel Cordero, investigador de la UDD, responder esa pregunta requiere estudios de largo plazo que permitan seguir la evolución de niños y jóvenes durante varios años.
Los investigadores también advierten que muchas veces los adultos interpretan el mundo digital desde una lógica distinta a la de las nuevas generaciones. “Vemos riesgos donde ellos y ellas están en control, y pasamos por alto oportunidades y amenazas que sí perciben”, señala Patricio Cabello, académico de la UNAB.
“La investigación en este campo es todavía reciente, fragmentada y con resultados muchas veces contradictorios. Necesitamos evidencia rigurosa que permita orientar tanto las políticas públicas como las prácticas educativas” – Magdalena Claro, directora de BAND y académica UC.
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Para Magdalena Claro, directora de BAND y académica de la UC, esa es precisamente la razón de ser del nuevo centro. “La investigación en este campo es todavía reciente, fragmentada y con resultados muchas veces contradictorios. Necesitamos evidencia rigurosa que permita orientar tanto las políticas públicas como las prácticas educativas”.


