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Construyendo una novela: Tres reconocidos escritores hablan de su proceso creativo para inventar mundos

11 de Agosto de 2026

4 MINUTOS DE LECTURA

vision escritores

Leonardo Padura, Catherine Lacey y Andrea Bajani estuvieron en Chile durante el último ciclo de "La Ciudad y las Palabras", donde reflexionaron en torno a esta pregunta.

Por Lissette Fossa

¿De dónde nace una novela? ¿De un personaje, una ciudad, una historia o una idea? Tres reconocidos escritores que pasaron recientemente por Chile respondieron a esta pregunta desde experiencias muy distintas durante el ciclo “La Ciudad y las Palabras”, organizado por el Doctorado en Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos UC. Aunque cada uno describió un proceso creativo muy personal, los tres coincidieron en una idea: escribir una novela es levantar un mundo propio y convencer al lector de habitarlo. O, en otras palabras, hacer creíble un mundo que nunca existió. 

“Como novelista, yo le cuento una mentira al lector, como si fuera verdad, y el lector, sabiendo que le miento, me creerá como si fuera verdad. Es un principio estético y ético. En mi novela hay invención, ficción, imaginación, pero no hay mentiras en cuanto a la esencia de lo que digo”, comenta Leonardo Padura

Para el escritor cubano, quien reside en La Habana, la ficción debe enraizarse profundamente en un suelo específico, pero al mismo tiempo abordar temas universales: la vejez, el amor, la ira o la vida de una generación

“Como novelista, yo le cuento una mentira al lector, como si fuera verdad, y el lector, sabiendo que le miento, me creerá como si fuera verdad”.

Escribiendo desde las ansiedades propias de su ciudad, una novela puede diseccionar la vulnerabilidad y el miedo, condiciones que, finalmente, comparte cualquier sociedad. “Es importante el ‘para qué’. El propósito es un elemento de mayor importancia a la hora de escribir una novela. De él confluyen el argumento y los personajes, sus motivaciones. Luego el argumento se mueve a partir de conflictos”, añade. 

La importancia del espacio

Pero ninguna novela ocurre en el vacío. Para Padura, reconstruir ciudades como La Habana o Moscú —como hizo en El hombre que amaba a los perros— es parte del trabajo que transforma un lugar en literatura. Esa importancia del espacio también atraviesa la obra del italiano Andrea Bajani, aunque desde una escala más íntima. En sus novelas, la casa tiene un carácter material y espiritual: puede ser refugio frente a la intemperie, pero también convertirse en una prisión. 

“Nos han enseñado que el tiempo es cronológico para tranquilizarnos”, observa Bajani. “La vida no funciona de esa manera”. Para el reciente ganador del Premio Strega, la literatura intenta dar sentido al desorden de la existencia reuniendo historias fragmentadas a través de una voz narrativa. En El aniversario, por ejemplo, decidió comenzar por el final para abordar la violencia doméstica dentro de una familia disfuncional. El motor de esa escritura, sostiene, es la compasión. Sin empatía por el personaje y por la condición humana, “no hay literatura posible”. 

El plan es no tener plan

Si Padura parte de una ciudad y Bajani de una casa, la estadounidense Catherine Lacey desconfía incluso de la idea de planificar una novela. Su escritura se mueve por intuiciones y por la persistencia de los lugares que ha dejado atrás. Así nació Biografía de X, una novela que imagina un Estados Unidos alternativo para hacer posible un personaje femenino que, en la realidad de los años sesenta y setenta, difícilmente habría encontrado espacio para existir. 

“A veces, el personaje toma decisiones por ti”, señala.

“La única razón por la que hice todo esto fue para poder tener una década de 1960 y 1970 donde una mujer como X pudiera ir a por todas y nadie la detuviera”, explicó. 

Para Lacey, el desarrollo de los personajes tiene menos que ver con una planificación rígida y más con una aparición. “A veces, el personaje toma decisiones por ti”, señala. Recuerda que una mañana sintió la presencia de esa mujer en la que llevaba tiempo pensando. “Yo estaba sentada en la cocina, preparando un café o algo así, y sentí la presencia de una mujer en la que había estado pensando (…) Y me puse a llorar porque fue tan intenso. Tal vez no esté bien mentalmente”, dijo dice entre risas. 

“Según mi experiencia, siento que, a veces, el personaje toma decisiones por ti. Va a sonar muy loco, pero casi parece como un fantasma”, agrega.

La escritora también ve al novelista como un eterno extranjero. “Creo que los escritores necesitamos estar un poco fuera, no pertenecer del todo. Esa distancia permite escribir”. 

Al final, escribir una novela es un equilibrio permanente entre la disciplina y la intuición. El conflicto pone en marcha la historia; la voz narrativa le da una forma propia; el tono sostiene el mundo que el escritor quiere construir. Todo para lograr una ilusión que el lector acepta desde la primera página: creer, por unas horas, en una realidad que sabe inventada. 

Es el pacto del que hablaba Leonardo Padura: no se trata de decir la verdad de los hechos, sino de construir una ficción capaz de parecer verdadera. “El punto más importante es el reto. El artista debe ser ambicioso y eso implica imponerse retos. Al fin y al cabo, el reto del novelista siempre es el mismo: escribir la mejor novela posible que haya escrito”, reflexiona.

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