29 de Octubre de 2025
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Tras dos décadas de mediciones, la edición 2025 revela un país en tensión: aumentan las expectativas de futuro y reaparece el optimismo, al mismo tiempo que crece la soledad declarada y la percepción de conflictos con migrantes. El estudio confirma, además, que se consolida una generación que ya no se identifica con ninguna religión, pero que mantiene creencias personales.
Por Josefina Hirane
La Encuesta Bicentenario UC nació en 2006 para saber qué pensaban los chilenos de cara a los 200 años de la independencia. Para construir un espejo donde Chile pudiera reconocerse: sus creencias, sus vínculos, sus miedos y sus esperanzas. Desde entonces, cada año y de manera ininterrumpida, esta medición ha analizado cómo cambian la confianza, la cohesión social, las expectativas de futuro, la forma en que nos relacionamos entre nosotros y con las instituciones.
Más que una foto del momento, es una serie que permite leer la trayectoria larga del país, con continuidad técnica y comparabilidad en el tiempo. Veinte años después, la edición 2025 devuelve la imagen de un país que está cambiando.
Para Ignacio Cáceres, subdirector de Vinculación e Incidencia del Centro de Políticas Públicas UC, el valor de esta nueva entrega no está solo en la trayectoria acumulada, sino en lo que revela del presente: “Lo que vemos este año es una sociedad que se siente más sola, pero que dice tener más redes; que desconfía profundamente de la política, pero al mismo tiempo declara más optimismo sobre el futuro de Chile; que afirma creer en el propio esfuerzo individual, pero sigue esperando que el Estado provea certezas mínimas para poder proyectar la vida”. Y agrega: “Son hallazgos que parecen en tensión, incluso contradictorios, pero que hablan de un país que busca nuevas formas de relacionarse y de enfrentar los conflictos y desafíos del futuro”.
El optimismo que regresa
La última edición de este estudio muestra que las expectativas sobre el desarrollo del país alcanzan su punto más alto en quince años: 59% de las personas encuestadas cree que, en diez años más, Chile habrá alcanzado —o al menos avanzado sustantivamente hacia— la condición de país desarrollado. En 2022, esa cifra era de apenas un 37%. Algo parecido ocurre con áreas históricamente sensibles: Hoy, la mitad de los consultados (50%) proyecta una mejora en la calidad de la educación, frente al 41% de 2022; y 40% ve posible erradicar la pobreza, versus el 29% que lo consideraba factible hace tres años.
Para Francisca Alessandri, miembro del comité directivo de la encuesta, este cambio tiene memoria larga. “La Bicentenario nació en un Chile expectante, con fe en el desarrollo. Después vino una caída sistemática del optimismo, acelerada por el estallido social y las crisis sucesivas. Este año vemos, por primera vez en mucho tiempo, que esa tendencia comienza a revertirse: las expectativas a diez años se ven mucho más favorables”, explica.
“Cada vez que hay una elección o un cambio de gobierno cercano, las expectativas tienden a subir. La ciudadanía se permite pensar que habrá un giro en el rumbo, que se van a destrabar problemas que parecen estancados” .- Francisca Alessandri, coordinadora Encuesta Bicentenario UC
Ese repunte, dice, tiene también un componente coyuntural. “Cada vez que hay una elección o un cambio de gobierno cercano, las expectativas tienden a subir. La ciudadanía se permite pensar que habrá un giro en el rumbo, que se van a destrabar problemas que parecen estancados”.
Alessandri advierte que ese retorno del optimismo es más evidente a nivel país que a nivel personal. En términos individuales, dice, todavía aparece cautela. “Hay una cierta reticencia a ser muy optimistas respecto de las posibilidades personales de mejorar la propia situación económica”, señala. “Lo vemos en expectativas bien concretas: solo 17% cree que podrá comprar una vivienda en los próximos diez años; 31% piensa que cualquiera puede tener su propio negocio; y 27% considera posible que alguien de clase media llegue a una buena situación económica. Incluso en algo tan decisivo como el acceso a la educación superior, la percepción retrocede: la proporción de quienes creen que un joven inteligente y de escasos recursos puede entrar a la universidad baja este año a 38%, desde el 43% medido en 2024”.
Soledad en tiempos de hiperconexión
Si el futuro se ve un poco menos gris, el presente emocional de los más jóvenes sigue siendo una preocupación. Casi la mitad de los encuestados (48%) declara haberse sentido solo en la última semana, ya sea algunas veces, la mayor parte del tiempo o siempre. Entre quienes tienen entre 18 y 24 años, esa cifra llega al 62% si se considera también a quienes dicen haberse sentido solos “a veces”.
“La hiperconectividad nos volvió muy eficientes para coordinar cosas concretas —jugar fútbol, trabajar en grupo, compartir un hobby—, pero dejó menos espacio para relaciones profundas, de confianza mutua. Son vínculos funcionales, no necesariamente vínculos que sostienen” .- Héctor Carvacho, académico Escuela de Psicología UC
Si nos concentramos únicamente en los casos más intensos —jóvenes que reportan sentirse solos con frecuencia o casi todo el tiempo—, la cifra se sitúa en torno al 24%. “Es un porcentaje alto y preocupante”, dice Héctor Carvacho, académico de la Escuela de Psicología UC. Pero esto no es un fenómeno aislado ni exclusivamente chileno. “La soledad juvenil está apareciendo en muchos países. Es parte de una forma nueva de relacionarnos. Tenemos redes inmensas, pero vínculos frágiles”, explica. “La hiperconectividad nos volvió muy eficientes para coordinar cosas concretas —jugar fútbol, trabajar en grupo, compartir un hobby—, pero dejó menos espacio para relaciones profundas, de confianza mutua. Son vínculos funcionales, no necesariamente vínculos que sostienen”.
Las consecuencias no son menores. “Sabemos que los lazos cercanos son el principal factor protector del bienestar psicosocial. Cuando eso falla, la salud mental se resiente”, dice Carvacho.
Migración: temores y la paradoja de la convivencia
La inmigración sigue siendo uno de los temas más sensibles de la agenda social chilena. Según la Encuesta Bicentenario UC 2025, un 77% de los encuestados percibe un “gran conflicto” entre chilenos y migrantes, el nivel más alto desde que se mide, y un 85% cree que hay “demasiados inmigrantes” en el país.
Para Roberto Méndez, académico de la Escuela de Gobierno UC, este aumento en la conflictividad percibida tiene un punto de inflexión claro: “El alza se produce después de la pandemia, específicamente desde la medición de 2021. En ese periodo aparece con fuerza el crimen organizado, extremadamente violento, y parte de la población asocia la llegada de migrantes irregulares con la delincuencia. Esa asociación explica en gran parte el salto que vemos”.
Pero no es el único factor. Méndez distingue otras tres dimensiones que hoy configuran las percepciones en torno a la migración. Una de ellas es la “amenaza económica” que se mantiene estable desde 2017: “Las personas temen que la inmigración afecte el empleo, los salarios o el acceso a la vivienda y a los beneficios del Estado, pero esa percepción no ha aumentado: se mantiene en torno al 40%”, explica.
A esto se suma una tensión de convivencia, que emerge en el espacio cotidiano: “Los conflictos por estilos de vida, uso del espacio público o celebraciones eran antes marginales —4%—, y hoy llegan al 10%, con otro 18% que dice tener conflictos de vez en cuando. Es bajo, pero está subiendo”, advierte.
Finalmente, aparece con fuerza una amenaza simbólica o identitaria. “Un 59% siente que la migración pone en riesgo nuestra identidad nacional, nuestros valores y tradiciones. Es algo que en Europa se ha estudiado mucho, y que ahora empieza a verse acá. Curiosamente, coincide con una revalorización de los símbolos patrios, de la historia de Chile, de nuestros héroes. Es posible que ambos fenómenos estén relacionados”, reflexiona.
Pese a estas tensiones, Méndez subraya que la convivencia diaria sigue siendo en su mayoría positiva: “La mayor parte de los chilenos declara tener buenas o excelentes relaciones con migrantes, y eso hay que protegerlo. Incluso, mientras más interacción existe, mejores son las percepciones”, señala.
La opinión pública, en cambio, muestra un deterioro progresivo: “En 2017, más del 70% apoyaba que los migrantes con su situación regular al día tuvieran los mismos derechos que los chilenos; hoy esa cifra es de 59%. Sigue siendo una mayoría, pero viene a la baja”.
“El país se percibe en conflicto, pero en la vida diaria no siempre lo está”, resume el académico. “Esa distancia entre el problema nacional y la relación cara a cara con el otro sigue siendo enorme. Y es justamente ahí, en esa convivencia cotidiana, donde todavía tenemos algo que cuidar”.
“Un 59% siente que la migración pone en riesgo nuestra identidad nacional, nuestros valores y tradiciones. Es algo que en Europa se ha estudiado mucho, y que ahora empieza a verse acá. Curiosamente, coincide con una revalorización de los símbolos patrios, de la historia de Chile, de nuestros héroes. Es posible que ambos fenómenos estén relacionados” .- Roberto Méndez, académico Escuela de Gobierno UC
Religión: creer sin pertenecer
Entre los jóvenes de 18 a 34 años, un 51% declara no identificarse con ninguna religión. Según Eduardo Valenzuela, académico de la Escuela de Gobierno y el Instituto de Sociología UC, esto no es una moda ni un gesto pasajero de rebeldía juvenil, sino parte de un proceso sostenido de desafiliación institucional que Chile comparte con otros países occidentales. Lo central, dice, es distinguir entre el sentido de pertenencia y el de creencias. “No estar afiliado a una religión no significa necesariamente dejar de creer”, explica. “Muchos jóvenes que se declaran sin religión siguen creyendo en Dios o incluso en Jesucristo; lo que se debilita no es la fe, sino el vínculo con las instituciones religiosas”.
Esa distancia se refleja también en el catolicismo practicado: una proporción importante de quienes se consideran católicos casi no asiste a misa y restringe su contacto con la Iglesia a momentos puntuales —bautizos, matrimonios, funerales— más que a una vida comunitaria regular.
“Muchos jóvenes que se declaran sin religión siguen creyendo en Dios o incluso en Jesucristo; lo que se debilita no es la fe, sino el vínculo con las instituciones religiosas” .- Eduardo Valenzuela, académico Escuela de Gobierno e Instituto de Sociología UC
Esa brecha entre creencia e institución aparece con fuerza en los datos. Mientras un 74% de los encuestados dice creer en Dios, solo un 22% declara confiar en la Iglesia católica. Para Valenzuela, la explicación es doble. Por un lado, la Iglesia enfrentó un ciclo largo de pérdida de legitimidad asociado a los casos de abuso sexual y su gestión; por otro, la generación joven es, en general, más reticente a anclarse en estructuras formales, no solo religiosas, sino también políticas, familiares y conyugales. “Los jóvenes participan políticamente, pero no quieren militar; quieren vivir en pareja, pero no necesariamente casarse. Es el mismo patrón”, señala. Aun así, advierte un matiz importante: tras tocar fondo (un 9% en 2018), la confianza en la Iglesia muestra una leve recuperación. “No hemos vuelto a los niveles históricos, pero sí se aprecia una mejoría, como si ese gran ciclo de descrédito empezara a cerrarse”, dice.




