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¿Por qué el éxito no nos hace necesariamente felices? Las respuestas de un investigador de Harvard que visitará la UC

14 de Octubre de 2026

9 MINUTOS DE LECTURA

Retrato formal de académico sonriente

En vísperas de su visita a la UC, Constantine “Kosti” Psimopoulos, investigador del Programa de Florecimiento Humano de Harvard, explica por qué los resultados económicos y profesionales no garantizan una vida plena y aborda el papel de la espiritualidad en la salud mental y la importancia de construir comunidades que favorezcan el bienestar.

Por Nicolás Massai

Cuando se le pregunta a una persona con ingresos de 30 mil dólares al año qué requiere para alcanzar la felicidad, dice que lo lograría si ganara el doble. Quien recibe 60 mil también aspira a duplicar sus ingresos para esa meta. Y lo mismo ocurre con quienes ganan 300 mil: creen que alcanzarían la felicidad si su ingreso anual se acercara a los 600 mil dólares. Este es el ejemplo de uno de los estudios de Harvard que cita Constantine “Kosti” Psimopoulos, investigador vinculado a esa universidad, para explicar por qué el progreso material no se traduce en una vida más satisfactoria. En vísperas de su visita a Chile para participar en una serie de encuentros en la Universidad Católica, el especialista aborda las investigaciones sobre florecimiento humano, un campo que busca comprender en base a evidencia científica, qué necesitamos realmente para vivir bien.

Su investigación académica apunta a factores que van mucho más allá del dinero y los conceptos más populares asociados al éxito. Iniciativas del Programa de Florecimiento Humano de Harvard, del cual él forma parte, han explorado, por ejemplo, el papel protector que puede desempeñar la espiritualidad en la salud mental. También ha abordado el aumento de la ansiedad y la soledad que se registra a nivel global, así como las presiones académicas y laborales que afectan el bienestar de las personas, especialmente de los jóvenes. El programa estudia cinco dimensiones fundamentales de una vida plena: felicidad y satisfacción con la vida; salud física y mental; sentido y propósito; carácter y virtud; y relaciones humanas cercanas. Todas ellas, explica Psimopoulos, tienen un valor intrínseco y no son simplemente medios para alcanzar otros objetivos.

La distinción es importante: ser feliz, explica, no es lo mismo que florecer. Mientras la felicidad es una de las dimensiones del bienestar, el florecimiento humano supone una mirada más integral de la existencia, que también considera las relaciones que construimos, el sentido que encontramos en lo que hacemos y las comunidades en las que vivimos. Desde esta perspectiva, el éxito económico o profesional, por sí solo, no garantiza una vida plena.

En conversación con Visión Universitaria, Psimopoulos reflexiona sobre las presiones que enfrentan las personas, el papel de las universidades en la promoción del bienestar y los hábitos cotidianos que pueden ayudarnos a construir vidas más satisfactorias.

—¿Qué significa realmente florecer como ser humano?

“En Harvard definimos el florecimiento humano como un estado relativo en el que todos los aspectos de la vida de una persona son buenos, incluido el entorno en el que vive. Esto es muy importante, porque el florecimiento no se limita a una sola dimensión del bienestar, ni depende únicamente del individuo. Nadie puede florecer plenamente por sí solo. Necesitamos comunidades que también florezcan, y debemos promover y ayudar a las personas a construir y vivir en esas comunidades. Hay cinco dimensiones fundamentales: felicidad y satisfacción con la vida; salud física y mental; sentido y propósito de vida; carácter y virtud; y relaciones sociales cercanas”.

—¿Qué tienen en común esas dimensiones?

“Lo que hemos encontrado es que todas ellas son deseadas de manera prácticamente universal y, lo más importante, tienen valor por sí mismas. Son lo que en filosofía llamamos «fines en sí mismos»: no son simplemente medios para alcanzar el florecimiento, sino que forman parte de él. Por ejemplo, no busco ser una persona virtuosa o encontrar sentido a mi vida solamente para florecer. El hecho mismo de intentar vivir con virtud y encontrar un propósito en lo que hago hoy ya está contribuyendo a mi florecimiento”.

—Si el florecimiento depende de tantas dimensiones, ¿por qué tendemos a asociar la felicidad con el éxito económico?

“A menudo olvidamos lo importante que es no organizar toda nuestra vida en torno a indicadores financieros o económicos. Lamentablemente, solemos equiparar el éxito con esos indicadores. Decimos que alguien es exitoso porque tiene un buen sueldo. El problema es que nunca estamos satisfechos si esa es la medida que utilizamos para evaluar nuestra vida, tal como lo muestran diversos estudios. Nos proponemos tener una casa más grande, comprar un automóvil u otro bien material. Pero el florecimiento requiere prestar atención a todas sus dimensiones: cuidar nuestra salud física y mental, cultivar relaciones cercanas, desarrollar nuestro carácter y encontrar sentido en lo que hacemos. No podemos buscar el significado de nuestra vida únicamente en los bienes materiales. Esa no es una receta para una vida plena, feliz y saludable”.

— En una sociedad que nos exige ser cada vez más exitosos y productivos, ¿qué estamos descuidando de nuestra salud mental?

“Hemos realizado muchas investigaciones sobre salud mental. Recientemente publicamos un estudio en JAMA Psychiatry, una de las principales revistas médicas, sobre el papel de la espiritualidad y su efecto protector frente al consumo de alcohol y otras drogas, adicciones que están relacionadas con problemas de salud mental. Encontramos que la espiritualidad puede tener un efecto protector significativo: hasta un 20% menos de probabilidades de presentar adicciones o problemas de salud mental. Observamos este efecto protector tanto en personas jóvenes como mayores. Y esto no se limita necesariamente a las personas religiosas: también incluye a quienes, sin practicar una religión, consideran que existe algo más allá de lo material. Es una dimensión de nuestro bienestar que puede ayudarnos enormemente”.

—¿Cómo podemos proteger nuestra salud mental en entornos que nos exigen ser cada vez más productivos?

“Vivimos en un entorno acelerado, en el que buscamos hacer cada vez más cosas y más rápido, tanto en el trabajo como en los estudios. Muchos intentan alcanzar el éxito sacrificando su propia salud mental. Siempre les digo a mis estudiantes, amigos y colegas de Harvard que mi familia y mi salud mental están primero, y después vienen mis investigaciones, la docencia y mis responsabilidades académicas. Creo que más personas deberían comprender que tienen derecho a poner su salud mental entre sus principales prioridades, junto con su salud física. Pero esto no es solo una responsabilidad individual. Como sociedad, deberíamos prestar mucha más atención a las medidas que ayudan a proteger la salud mental, las que podrían incorporarse a las políticas de salud”.

“La salud mental no es solo una responsabilidad individual. Como sociedad, deberíamos prestar mucha más atención a las medidas que ayudan a proteger la salud mental, las que podrían incorporarse a las políticas de salud”.

—¿Qué pueden hacer concretamente las universidades para promover el florecimiento humano entre sus estudiantes, académicos y funcionarios?

“Una de las mejores cosas que pueden hacer las instituciones académicas es precisamente lo que está haciendo la Universidad Católica de Chile: llevar esta conversación al campus. Me alegra mucho que estén impulsando esta iniciativa y me siento agradecido de poder compartir parte de nuestro trabajo en Harvard. El primer paso es generar conciencia sobre la importancia del florecimiento humano. No se trata simplemente de un concepto de moda, sino de un campo de investigación académica emergente, respaldado por años de investigación científica y evidencia empírica. En distintas universidades se están creando centros, institutos y programas de investigación dedicados a estudiarlo”.

—¿Y cómo se puede incorporar este enfoque en la vida universitaria?

“Una universidad puede tener un programa de bienestar, pero eso no es suficiente. También puede hablar de felicidad, pero esa es solo una parte de la ecuación. El florecimiento humano supone una comprensión mucho más amplia del bienestar. Por eso es importante organizar encuentros, presentaciones y cursos con personas que conozcan este campo, y formar a integrantes de la propia comunidad universitaria —académicos, funcionarios y estudiantes— para que comprendan su importancia y puedan aplicarlo. Debemos incorporar el florecimiento humano en nuestros planes de estudio, en los cursos y en los temas que abordamos, integrando sus cinco dimensiones. No se trata solamente de promover el bienestar, sino de comprenderlo desde una perspectiva más amplia, sustentada en la investigación”.

“Nuestras investigaciones muestran que algo tan simple como aprender a perdonar puede contribuir al florecimiento humano.”

—¿Qué le gustaría que se llevaran quienes asistan a sus charlas en la Universidad Católica?

“Me gustaría que las personas comenzaran a utilizar cada vez más el concepto de florecimiento humano y comprendieran sus cinco dimensiones. Pero, sobre todo, que se preguntaran qué cambios pueden hacer en su comportamiento y qué hábitos pueden incorporar a su vida cotidiana para florecer. A veces se trata de cosas muy sencillas. Nuestras investigaciones muestran que algo tan simple como aprender a perdonar puede contribuir al florecimiento humano. Cuando perdonamos a otra persona, no solo contribuimos a nuestro propio florecimiento y a nuestras relaciones cercanas, sino que también podemos ayudar a que esa persona florezca. También espero que comprendan que hay cosas que tienen valor por sí mismas y otras que son medios para alcanzar determinados objetivos. Pensemos en un estudiante de doctorado o un académico que debe cumplir con una fecha de entrega. A veces sentimos que tenemos que sacrificar el tiempo con nuestra familia o nuestros amigos, o incluso nuestra salud física y mental, para cumplir con ese plazo. Por supuesto, las responsabilidades académicas son importantes y a veces requieren sacrificios, pero eso debería ser la excepción y no la regla. Todos podemos introducir pequeños cambios en nuestros hábitos diarios y semanales, organizar mejor nuestro tiempo y contribuir a crear entornos menos estresantes. Cada uno tiene un papel que desempeñar. Y si lo hacemos colectivamente, podemos construir una comunidad académica que florezca más, tanto individual como colectivamente”.

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