24 de Julio de 2026
5 MINUTOS DE LECTURA

Los dos arquitectos chilenos que han obtenido el Premio Pritzker fueron los protagonistas de un reflexivo conversatorio en el marco de "La Ciudad y Las Palabras". En el encuentro, abordaron su vínculo con los libros, los desafíos de la formación académica y el valor de la flexibilidad intelectual.
Por Lissette Fossa
El Centro de Extensión del Campus Oriente estaba repleto de personas. Todos esperando con ansias a los invitados del programa “La Ciudad y Las Palabras” de este jueves 23 de julio: Alejandro Aravena (Pritzker 2016) y Smiljan Radic (Pritzker 2026). Bajo la conducción del exdirector del Premio Nacional de Arquitectura Fernando Pérez Oyarzún, el conversatorio se transformó en una profunda exploración sobre la práctica de la arquitectura y cómo pensarla a futuro.
Al iniciar el encuentro, Fernando Pérez destacó los paralelos en las trayectorias de los invitados, formados en las aulas de la UC y perfeccionados posteriormente en Italia.
“La conexión con las palabras y los libros se manifestó muy temprano en sus trayectorias, y manifiesta el interés de ambos por una práctica reflexiva y por pensar el sentido de lo que hacen. No solo han ejercido la profesión, sino que la han pensado“, enfatizó el moderador, recordando las tempranas publicaciones de ambos: Tristán en el caso de Radic, y El magno templo griego (1995) por parte de Aravena. “Quiero decir, además, que ambos son notables escritores”, sentenció Pérez.
“Iniciarse en algo no es tan importante, sino mantenerse en algo y en mi caso depende mucho de otros, de la formación que me han entregado otros”, dijo Radic.
El proceso de dibujar y el valor de las relaciones humanas
La charla se adentró en el origen del interés de cada uno por la arquitectura. Alejandro Aravena evocó con gratitud su primera visita a Venecia impulsada por las lecciones del propio Pérez, mientras que Smiljan Radic reconoció con sobriedad: “Dibujaba bien y era lógico seguir con arquitectura, también influyeron las clases de Fernando Pérez”.

Radic subrayó el valor de las relaciones humanas para siempre seguir aprendiendo y creando.
“Iniciarse en algo no es tan importante, sino mantenerse en algo y en mi caso depende mucho de otros, de la formación que me han entregado otros”, dijo.
Por su parte, Aravena sorprendió al rescatar el valor pedagógico de las discrepancias formativas: “Para mí también fueron importantes los malos profesores, porque a uno lo llevaban a ser riguroso y contestatario”. Asimismo, abordó la dimensión del trazo y la representación: “Cuando uno dibuja lo que está haciendo, dibujas los edificios, es construir de nuevo”.
El trabajo colaborativo
Uno de los ejes más incisivos del conversatorio fue el distanciamiento de la figura del arquitecto como un creador solitario. Radic admitió que “saliendo de la UC yo no sabía nada de historia ni de construcción”, para luego argumentar que “trabajar uno a uno significa trabajar con otros, en cosas que uno no puede hacer”.
Aravena coincidió plenamente en la naturaleza colectiva de la disciplina, señalando que el diseño individual le resulta infructuoso.

“El diálogo de lo colectivo se da porque queda mejor el proyecto así. En el ámbito creativo, somos muy críticos con el proyecto mismo en mi estudio y es más eficiente esa purga en lo colectivo”.
En sintonía, Radic profundizó en cómo la materia concreta facilita la interacción intelectual: “Es mucho más fácil hablar sobre cosas con constructores, artistas, etc. Las cosas arrastran ideas y eso de conversar y trabajar alrededor de la cosa se da extremadamente fácil. A mí cuando hay una idea abstracta, queda un poco tonto”.
“La evidencia muestra que 2/3 de los metros cuadrados construidos no los hace un profesional, 2/3 no pasan por una dirección de obras municipal. Esa es la regla en el planeta, los que estudiamos somos la excepción”, afirmó Aravena.
El futuro y sus desafíos
Al abordar el valor fundamental que la arquitectura ofrece a la sociedad actual, Alejandro Aravena expuso una cruda realidad estadística e institucional: “La evidencia muestra que 2/3 de los metros cuadrados construidos no los hace un profesional, 2/3 no pasan por una dirección de obras municipal, lo hacen las familias o el constructor. Esa es la regla en el planeta, los que estudiamos somos la excepción”.

Aravena remarcó la ventaja comparativa de los profesionales locales frente a estas urgencias.
“En esos 2/3 hay una cantidad de trabajo enorme, que nosotros podemos hacer, y solo uno se tiene que poner en una cancha distinta, el rol del arquitecto es como el de un canalizador de fuerzas. En América Latina, nosotros sabemos jugar en esta cancha del ‘más o menos'”.
Ante la interrogante sobre la oferta formativa y el futuro de la profesión, Smiljan Radic destacó la importancia de enfrentarlos proyectos arquitectónicos con creatividad y flexibilidad, para no repetir los mismos patrones de trabajo.
“Después de la pandemia hay una necesidad de tener una flexibilidad intelectual que las universidades deben preocuparse por aplicar. Esa flexibilidad intelectual permite que nuestra generación pueda contar con unos 15 arquitectos buenos y los 15 hacen cosas diferentes. Y eso se aprende leyendo y viajando”, reflexiono.


