12 de Octubre de 2025
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El retiro de cables en desuso busca mejorar la seguridad y la estética urbana, pero el desafío de largo plazo está en soterrar el tendido eléctrico. Académicos explican los beneficios y dificultades de una ley que llega a resolver un problema de muchas décadas. La ciudadanía será clave para fiscalizar el avance de una iniciativa que apunta a transformar el paisaje y reducir riesgos en la ciudad.
Por Virginia Soto-Aguilar
Tras la entrada en vigencia de la ley “Chao Cables”, normativa que obliga a las empresas a retirar el cableado aéreo en desuso en las ciudades chilenas, los municipios ya preparan su plan de gestión. Si bien la ley fue promulgada en 2019, recién en marzo de este año la Contraloría General de la República tomó razón del reglamento, lo que permitió implementar el marco normativo el pasado 21 de septiembre, tras su publicación en el Diario Oficial.
La medida surgió como respuesta a una problemática acumulada durante décadas: la proliferación de cables de telefonía, televisión e internet que, una vez obsoletos, quedaban abandonados en los postes de electricidad. El objetivo de la ley es claro: despejar el espacio público, mejorar la seguridad y avanzar hacia un entorno urbano más ordenado.
El profesor Óscar Figueroa, académico del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales UC, señala que la situación llegó a un punto crítico debido a la falta de regulación en el pasado. “Las regulaciones que teníamos definían cómo se hacían los cableados, pero no definían qué se hacía con los cables que dejaban de ser útiles. Para las empresas fue más barato olvidarse de esos cables, dejarlos colgando, y hoy tenemos una externalidad bastante grave con impactos ambientales, estéticos y de seguridad”, explica.
“Para las empresas fue más barato olvidarse de esos cables, dejarlos colgando, y hoy tenemos una externalidad bastante grave con impactos ambientales, estéticos y de seguridad” – Óscar Figueroa, académico del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales UC

Alivio infraestructura eléctrica
Uno de los beneficios inmediatos de la ley es el alivio en la infraestructura eléctrica. Los postes, concebidos originalmente solo para conducir energía, han debido soportar un exceso de peso por décadas. “Más de la mitad de los cables que hoy día cuelgan de un poste son inservibles”, advierte Figueroa. Esa sobrecarga ha generado riesgos importantes, como la caída de postes durante tormentas o el corte de suministro eléctrico en distintos barrios. “El cableado inútil está siendo un peso muerto muy grande que afecta la estabilidad de los cables que efectivamente siguen funcionando y eso es un peligro”, añade.
La dimensión estética también es clave. El exceso de cables en el espacio público ha deteriorado la calidad visual de las ciudades, creando un desorden que contrasta con estándares internacionales.
No obstante, el desafío no termina con el despeje de postes. El paso siguiente, sostiene el académico, debe ser el soterramiento de cables. “El espíritu de esto no debe parar aquí, sino que debe seguir hasta el momento en el cual podamos soterrar todo el cableado. Eso sería un gran beneficio para la ciudad, para las empresas, para todo el mundo”, enfatiza.
El soterramiento, aunque costoso en su fase inicial, implica beneficios duraderos: mayor seguridad, reducción de cortes eléctricos por viento o choques vehiculares, y una notoria mejora urbana. “Cuando los cables van bajo tierra, el viento no bota ninguno ni se producen problemas si un auto choca con un poste. Es otra calidad urbana y mucho más seguro”, precisa Figueroa.
Finalmente, Figueroa resalta un aspecto poco discutido: el valor económico de los cables retirados. El cobre y otros materiales contenidos en ellos representan un recurso de alto valor que podría contribuir a financiar el retiro y reciclaje. “La recuperación de esos cables puede aportar al financiamiento de la tarea de retirarlos. Hay que pensar en cómo ese valor pueda convertirse en un incentivo”, comenta.
Disminuyen las necesidades de poda
Por su parte, Paulina Fernández, académica de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales y del Centro Nacional para la Industria de la Madera (CENAMAD UC), explica que el retiro de cables en desuso ha permitido reducir los puntos de conflicto entre ramas y redes. “El ordenamiento de los cables aéreos y el reconocimiento de su uso que indica la ley puede reducir el área de interferencia entre el cableado y el arbolado, disminuyendo las necesidades de poda a solo aquellas interferencias consideradas peligrosas. En este sentido existiría un beneficio tanto desde el punto de vista del costo de la mantención como del volumen de poda, y en algunos casos facilitará las podas, pero no elimina el problema”, señaló.
La académica advierte que la interacción entre árboles y cables puede tener consecuencias graves. “En caso de no evitar que se produzca el contacto de las ramas con los cables, es posible que se produzca un puente eléctrico entre el cable y el árbol, lo que puede derivar en incendios que afectan al árbol y la electrificación de éste, lo que podría afectar a las personas. Por otro lado, las podas tardías generan heridas que permiten el ingreso de hongos e insectos, debilitando el árbol y aumentando el riesgo de desganches de ramas”, explicó.
En este sentido, Fernández recalca la importancia de planificar las plantaciones urbanas, privilegiando especies y ubicaciones que no entren en conflicto con la infraestructura. Asimismo, indica que las podas tempranas y de formación resultan fundamentales para dirigir el crecimiento del árbol en etapas juveniles y así prevenir futuros daños.
“En caso de no evitar que se produzca el contacto de las ramas con los cables, es posible que se produzca un puente eléctrico entre el cable y el árbol, lo que puede derivar en incendios que afectan al árbol y la electrificación de éste, lo que podría afectar a las personas” – Paulina Fernández, académica de la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales

Prevenir la caída de árboles
Sobre las proyecciones, la académica esclara: el soterramiento de cables es la alternativa más efectiva para evitar la constante tensión entre el arbolado urbano y la red eléctrica.
Sin embargo, avisa que su ejecución requiere especial cuidado: “La construcción de zanjas puede afectar severamente las raíces, generando pudriciones que no se detectan a simple vista y comprometen la estabilidad de los árboles en el mediano plazo. Gran parte de la caída de árboles de vereda que hemos observado en los últimos años se relaciona con árboles cuyas raíces han sido severamente dañadas por trabajos tales como zanjas, paso de ductos, recambio de veredas, construcción de ciclovías u otros”.
Finalmente, Fernández subraya que avanzar en soluciones de infraestructura que respeten el desarrollo de los árboles urbanos trae beneficios múltiples. Entre ellos, mejorar la calidad del aire, proveer sombra, regular la temperatura y favorecer la biodiversidad, aportando a una ciudad más saludable y resiliente.




