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Opinión

La evolución de un pensamiento

Cristián Opazo

Académico de la Facultad de Letras UC y especialistas en estudios de Teatro y Performance.

30 de Agosto de 2025

2 MINUTOS DE LECTURA

En 2022, Mónica González entrevistó a Gastón Soublette, sobre su murmurada filiación con el nazis- mo. Dijo que se enamoró de la hija de un oficial de la Luftwaffe en Viña del Mar: “Sí, fui simpatizante del nazismo”, “fue por amor”.

Eso fue hacia el fin de la guerra, él recuerda tener “como 20 años”. Sin exculparlo, hay que situar esto en el contexto de la vida de las colonias europeas de la V Región. Creció próximo a las colonias inglesa y alemana, donde la guerra y la violencia se vivieron con una intensidad más ligada a las pasio- nes genealógicas, avivadas por la distancia periférica, que al análisis geopolítico. Pero los testimonios del Juicio de Núremberg (1945- 1946) se hicieron incontrarresta- bles: “Cuando nos dimos cuenta de lo que era (el nazismo), nosotros nos caímos de la luna”, dijo. De ahí, él mismo recuerda alejarse de “el horror del nazismo”, abrazar el cristianismo, y ahondar en el bu- dismo y otras filosofías orientales; sobre todo, en el esoterismo.

En dictadura, Soublette es un profesor relevante en campus Oriente. Hay quienes lo recuerdan durante una represión estudiantil, sobre el techo del edificio, soplando una trutruca en señal de protesta.

Era un estudioso de las manifestaciones del esoterismo. En “La estrella de Chile”, ensayo de 1984, revela las claves áureas de la bandera de O’Higgins. Lo lanza en enero de 1985 con una intervención que la prensa de la época describe como una especie de guillatún.

Ese año, Soublette publica “El Führer: Carta abierta a Rudolf Hess”. En 23 carillas escritas en verso libre, interpela a Hess. El hablante lírico se pregunta por la suerte de un planeta donde el horror de Hiroshima se traslapa con las proezas de Superman.

Luego, Soublette hace una performance de este poema en campus Oriente, protagonizada por Héctor Noguera y Julieta Melo. Aquel Soublette parece obsesionado con estrujar los símbolos de las nacio- nes modernas, con la ansiedad de quien hurga para hallar un sentido extraviado en un mundo que le resulta irreconocible (en ese Chile de los ochentas, tan distinto al de su infancia, otros pilotos de guerra hasta habían bombardeado La Moneda).

En 1987, en el reportaje “El retorno de los nazi-chilenos” de la revista Análisis, él aseguró: “Hoy no comparto esa ideología por mi conversión al cristianismo, pero soy un estudioso del fenómeno nazi”.

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