18 de Marzo de 2026
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Desde las aulas donde descubrió la sociología hasta los hogares donde escuchó a madres y niñas chilenas y mapuche, ha construido una vida dedicada a mirar la intimidad de lo humano con paciencia, profundidad y asombro. Su camino —hecho de etnografías largas, materialidades cotidianas, creación institucional— revela cómo una joven profesional se convirtió en la arquitecta de la antropología en la UC.
Por Antonieta Sánchez, Cristina Pérez, Débora Gutiérrez y Eliette Angel
Desde que cruzó por primera vez los pasillos de la UC en 1996, Marjorie Murray no ha dejado de mirar la realidad con la misma curiosidad con la que recorría su Bachillerato en Ciencias Sociales y Humanidades. En ese programa, el antecedente directo de College, descubrió la sociología. Se impactó con la antropología filosófica de Pedro Morandé — ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales UC — y formó una mirada amplia, interdisciplinaria y profundamente observadora que la marcaría para siempre.
“Yo soy UC desde potrilla”, dice con humor la académica, recordando cómo ese tránsito inicial por profesores de distintas áreas la llevó, sin saberlo, a sentar las bases de la antropóloga que sería en el futuro.
Su decisión de estudiar sociología vino de ese recorrido temprano por ramos teóricos y metodológicos, pero también de la intuición de que la investigación social podía ser una forma de entender la vida cotidiana en toda su complejidad. Realizó un minor en filosofía, exploró cruces intelectuales, se entusiasmó con los medios y la comunicación estratégica, y terminó movida por un interés que la convertiría en pionera: comprender cómo las personas viven, sienten y construyen mundo desde sus propias prácticas.
Tras la licenciatura viajó a Londres para cursar un magíster en Medios y Comunicaciones, en Goldsmiths College. Allí conoció la etnografía y descubrió que la antropología reunía lo que más le fascinaba: la teoría profunda y la calle, y el pensamiento abstracto y la vida material.
Con ese impulso decidió postular al doctorado en antropología en la University College London (UCL), bajo la guía de los reconocidos antropólogos Daniel Miller y de Martin Holbraad. Allí consolidó su interés por la cultura material, la investigación inductiva y la inmersión prolongada en la vida cotidiana de grupos pequeños, claves que define como el corazón de su oficio y que desarrolló con una tesis en torno a las vidas cotidianas en Madrid.

Al finalizar el segundo año de su doctorado, en una visita a Chile en 2005, recibió una noticia que cambiaría el rumbo de su vida académica: a su regreso la esperaba la labor de instalar la antropología como disciplina en la UC, en miras a formar una escuela. Así comenzaba a gestarse un proyecto institucional que contó con el apoyo de sus profesores de UCL desde el inicio.
Ya en Chile inició la tarea desde lo más básico. Revisar qué cursos de antropología existían, crear un certificado académico, diseñar cursos nuevos y preparar contrataciones. Lo hizo lentamente, con perseverancia y junto a colegas que confiaron en la idea. En 2013 ingresó la primera generación en antropología. Este hito coincidió con otro: el nacimiento del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR) gracias a la adjudicación del Fondo de Financiamiento de Centros de Investigación en Áreas Prioritarias (Fondap), de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID). Ha liderado por años la línea de estudio “Diferencia, Coexistencia y Ciudadanía”.
Luego vendría la apertura de la Carrera de Arqueología, la creación del Doctorado en Antropología —financiado por el fondo internacional Wenner-Gren — y finalmente, en 2019, la constitución formal de la Escuela de Antropología, que dirigió hasta 2022. Cada uno de esos pasos, dice, fue articulando una comunidad académica sólida, interdisciplinaria y con una identidad propia.

En docencia, Marjorie Murray ha formado generaciones completas de estudiantes en teoría antropológica, etnografía, antropología urbana y cultura material, tanto en pregrado como en posgrado. Le entusiasma particularmente el curso de Antropología Urbana, que combina teoría con trabajo de campo en la ciudad, y su rol en seminarios de escritura doctoral.
A lo largo de los años ha guiado tesis, participado de comités doctorales y guiado diversos talleres de titulación. Pero también ha formado, de manera menos visible, a decenas de jóvenes investigadores que comenzaron como ayudantes y terminaron convirtiéndose en profesionales del área. “La antropología es un oficio”, insiste. Por eso valora las relaciones de mentoría y la transmisión lenta, cotidiana, situada, que va más allá del currículum formal.
Mientras ayudaba a construir la institucionalidad de la disciplina dentro de la UC, Murray desarrollaba una línea de investigación que hoy se reconoce como una de las más consistentes en Chile y la región. Su primer Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt), en 2010, la llevó a estudiar maternidad, crianza y parentalidad en Santiago y en comunidades mapuche de La Araucanía. Fue su primera etnografía en el país. Fueron meses acompañando embarazos, partos, lactancias, rutinas domésticas y redes de cuidado.
Uno de sus hallazgos más influyentes surgió de esa experiencia: la sorprendente autonomía de los niños mapuche pequeños, distinta a las prácticas de sobrevigilancia más comunes en Santiago. Ese contraste, observado en largas jornadas en hogares rurales, abrió puertas a colaboraciones internacionales y dialogó con literatura clásica sobre infancia indígena. “Me gusta estudiar las vidas cotidianas, la vida íntima, etnográficamente y con una perspectiva de la materialidad”, explica Murray.
Su segundo Fondecyt ,en 2018, profundizó en las parentalidades en contextos urbanos como Peñalolén, incorporando tensiones entre crianza familiar, programas estatales y experiencias interculturales. Ya con hijos pequeños y en pleno desarrollo del estallido social y la pandemia, su investigación fue adaptándose a las condiciones del país y a las exigencias de la vida personal.
En medio de la creación de la carrera, la obtención del Fondap y el desarrollo de sus proyectos, Marjorie Murray fue madre en 2013 y 2015. Habla de ese periodo como uno de trabajo intenso, de aprendizajes acelerados y de una capacidad de organización que tuvo que inventar sobre la marcha.
Más adelante, entre 2023 y 2024, tomó un año sabático en Brasil, donde realizó un trabajo etnográfico en un pequeño pueblo de Bahía que amplió su perspectiva comparada y reforzó su vínculo con la antropología latinoamericana.
“La antropología es un oficio. Por eso son importantes las relaciones de mentoría y la transmisión lenta, cotidiana, situada, que va más allá del currículum formal”.
El tercer Fondeyt, actualmente en curso, estudia las subjetividades e intimidades de mujeres adultas en Santiago —más allá del rol materno— para comprender cómo han cambiado las experiencias, expectativas y presiones culturales sobre lo femenino en las últimas décadas. Paralelamente, su trabajo en centros como CIIR y el Instituto Milenio para la Investigación en Violencia y Democracia (VioDemos), le ha permitido investigar temas como la violencia estructural, la desigualdad y la coexistencia intercultural.
Un recorrido que continúa marcado por la investigación, la docencia, la gestión y la vida familiar, y que en 2024 la llevó a alcanzar la categoría de profesora titular UC.Esta entrevista es uno de los 28 reportajes que forman parte del libro “Profesores titulares. Nombramientos 2025”, disponible en este link.

La vida íntima como territorio etnográfico
Su trabajo combina etnografía de largo plazo, vida cotidiana, materialidad y subjetividades. Ha investigado maternidad, crianza, infancia, mujeres y procesos interculturales en Chile y Brasil. Lidera líneas en centros de investigación, con énfasis en violencia estructural y diferencia cultural.




