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La nueva geografía de la crisis habitacional

ALEJANDRA RASSE

PROFESORA ASOCIADA, FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES

29 de Enero de 2026

2 MINUTOS DE LECTURA

Generalmente asociamos la crisis de la vivienda a hogares de muy bajos ingresos que viven en campamentos o en situación de hacinamiento. Sin embargo, el problema no se restringe a esos grupos: también afecta a sectores medios que no pueden acceder a una vivienda con sus ingresos; a parejas jóvenes que deben postergar sus planes de independizarse o de tener hijos porque el presupuesto no alcanza; y a familias que destinan más de un tercio de sus ingresos al pago habitacional, sacrificando otras necesidades. Así, la crisis actual no es solo de acceso, sino también de asequibilidad.

La cara más tradicional de esta crisis –los campamentos– también ha cambiado. Del uso de material ligero, pensado para viviendas transitorias, se ha pasado a construcciones de material sólido, concebidas como hogares definitivos. En ello ha influido la fuerte llegada de inmigrantes, quienes traen otra forma de comprender la vivienda informal: en muchos países de la región, la regularización de estos asentamientos es una práctica mucho más extendida que en Chile. Esto vuelve aún más dramático el desalojo, pues implica una enorme pérdida de recursos para las familias y la necesidad de volver a empezar, probablemente en otro campamento si no cuentan con redes u otras soluciones.

Asimismo, la actual crisis de la vivienda ocurre en un contexto de transformación demográfica que nos obliga a repensar el tipo de viviendas que necesitamos.

El tamaño promedio de los hogares ha disminuido a solo 2,8 personas, y el 11,6% de ellos está compuesto por personas mayores de 65 años. Nuestras configuraciones familiares ya no son las mismas de antes, y sus necesidades tampoco. En consecuencia, requerimos viviendas distintas y, con ellas, barrios también diferentes.

La crisis de la vivienda no se limita a la falta de techo. Hoy, los principales problemas son el alto costo, el hacinamiento y el allegamiento. Quienes viven estas situaciones cuentan con un lugar donde dormir, pero enfrentan otros efectos igualmente graves: falta de privacidad, riesgo de accidentes por concentrar todas las actividades en un mismo espacio, tensiones interpersonales y, en el caso de niños y niñas, ausencia de zonas adecuadas para estudiar, jugar o incluso cambiarse de ropa. Una vivienda inadecuada afecta múltiples dimensiones de la vida y deteriora de manera significativa el bienestar. Además, la falta de alternativas asequibles empobrece a las familias que deben destinar una parte importante de sus ingresos al pago de la vivienda.

En este marco, generar diversas alternativas de acceso a la vivienda asequibles para todos los hogares, y que consideren sus características y necesidades, resulta central para avanzar en equidad y calidad de vida urbana.

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